Por Catalina Monreal* La pandemia nos ha llevado a reflexionar sobre cuestiones que pensábamos eran partes inamovibles de nuestra realida...

Por Catalina Monreal*
La pandemia nos ha llevado a reflexionar sobre cuestiones que pensábamos eran partes inamovibles de nuestra realidad. Al día de hoy, la vuelta de las y los niñas mexicanos al salón de clases es ya una meta accesible en el corto plazo, y cada vez más oficinas están implementando regresos escalonados o flexibles. Estos dos grandes símbolos de “regreso” nos hacen pensar sobre a qué “normalidad” volveremos.
¿Qué cosas que dábamos por sentadas, pero tal vez no lo sean? El crecimiento demográfico es una de ellas. Por años, se ha hablado de México como un país de jóvenes. En el 2000, la edad promedio de la población era de 22 años, para 2010 de 26, y ahora en 2020 es de 29 años. Nuestra población, va poco a poco envejeciendo.
Señalo esto, porque hace algunos días el New York Times dio a conocer que tanto China como Estados Unidos habían tenido la tasa de crecimiento poblacional más baja en décadas. Es decir: cada vez nacen menos bebés. Esta tendencia es cierta igualmente para nuestro país, pues el promedio de hijas e hijos nacidos vivos actual es de 2.1 contra 2.3 en 2010 y 2.6 en 2000. La tasa de nacimientos mínima necesaria para mantener estable la población es de 2.1.
Estas menores tasas de crecimiento poblacional nos obligan a cambiar, y reorganizar los servicios y operaciones de nuestro país, enfocarlos a una población cada vez mayor, y por lo tanto más necesitada de servicios, programas y apoyos para adultas y adultos mayores.
Pensemos en nuestra planta docente: la mayoría de los y las maestras está enfocada en el sistema de educación básica, y ha señalado la precarización del sueldo a nivel secundaria. Este tipo de cambios demográficos implica que cada vez se necesitarán menos maestros en educación básica y más en educación media y superior.
La reforma al sistema de pensiones y al IMSS también ha buscado mitigar los efectos de una menor población que contribuya al sistema actual, que no obstante debe de mantener a una mayor población. En México estamos a tiempo para pensar y organizar estos cambios, aún no hemos entrado un punto de quiebre.
En otros países, la crisis ha llevado a examinar cuáles son las razones por las cuales el número de hijos e hijas ha disminuido. Se tiene que, a mayor desarrollo en un país, menor es el número de la descendencia. Esto, igual se relaciona con el nivel de educación de las mujeres: un mayor nivel educativo implica un menor número de hijos e hijas.
Esto nos lleva a repensar también la crisis y tensiones que tiene el actual sistema económico sobre las familias, pues las que pueden decidir sobre el número de hijos e hijas cada vez deciden tener menos por razones económicas, citando el precio de la vivienda, educación, e incluso un sentimiento de incertidumbre a futuro. Igualmente, la pandemia ha llevado al límite el estrés familiar al tensionar aún más las exigencias entre las horas que los integrantes de esta dedican al trabajo remunerado, al trabajo doméstico y a la educación de las hijas e hijos. Estas tensiones caen sobre todo en las mujeres. No por nada las mujeres mexicanas han reportado estrés crónico de acuerdo al estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Por eso, este regreso a la normalidad nos pide ir pensando en cambios a los modelos anteriores que impedían la conciliación de la vida laboral y personal, o que dejaban atrás a las personas mayores. Estamos en un muy buen momento para seguir transformando a México.
* Analista
Via Pongara https://pongara.net/wp

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